¡Hola querido lector! Martín al habla. Hace tiempo no publicaba algo personal, así que quise reavivar un poco la sección de blog para narrarles una pequeña anécdota.

Como bien sabrás, si leíste nuestro acerca de, en esta página somos unos auténticos fanáticos del café. Mi pasión por el café debo confesar que me la contagió más que nada Cándido hace unos cuantos años, antes lo tomaba pero no sabía apreciarlo y degustarlo tan bien como lo hago ahora, pero esa es otra historia jaja.

Nunca había tomado un capuchino

A lo que iba que sino me enrollo, siempre tomé café, por lo general tomaba expressos, a veces me hacía algún café intenso en mi cafetera italiana (amo las cafeteras italianas, me parecen muy prácticas y tienen un precio muy bajo), sin embargo, por alguna razón hasta mis 19 años nunca había tomado un capuchino.

No, no estoy de coña.

Siempre pedía expreso en los restaurantes a los que iba y nunca se me dio por pedir un capuchino… hasta que un día, teniendo 18 años dije «ostia tío, nunca jamás en la vida probé un capuchino». Por supuesto que mi primer impulso fue ir corriendo a la cafetería más cercana, pero me frené en seco y me propuse un objetivo: sólo probaría un capuchino en la tierra donde nació el capuchino.

Así fue como, tras un tiempo de ahorro y planificación, decidí viajar a Italia. A ser sincero no viajé sólo por el café, tampoco soy tan loco, tengo mis límites. La razón principal de mi viaje fue visitar a unos familiares italianos que acababa de descubrir hace poco tiempo. Sin embargo, iba a aprovechar ese viaje para darme todos los lujos que quería.

El gran viaje

Mi primera parada fue Napoles. Volé en un Iberia express, del lado de la ventanilla aunque le tenía un pánico terrible a los aviones. ¿Por qué elegí torturarme de esa manera? La razón es que tenía una teoría, si me colocaba del lado donde pueda ver el despegue, ver cómo el avión se eleva sobre el piso, e incluso ver las nubes, la ciudad, los paisajes, me estaría enfrentando a mi miedo de frente.

No podría huir ni evitar mirar la ventana porque pagué un extra para elegir el asiento, y si hay algo que prima en mí más fuerte que el miedo es el ser un tacaño. No iba a desperdiciar el maldito extra que pagué para estar ahí por un miedo. Me iba a sentar al lado de la ventana, iba a mantener mi vista ahí y no la despegaría hasta que no terminara el maldito vuelo, así me defecara en los pantalones.

Gracias a Dios no ensucié mis pantalones. Aunque sí me asusté un montón.

El avión aterrizó de buena manera, estaba vivo y listo para conocer la hermosa ciudad de Napoles cerca de las 12 de la noche. Alquilé un Airbnb por 3 0 4 días, ahora mismo no recuerdo muy bien el número exacto de días. Llegué al cuarto y me acosté a dormir como un bebé.

Al otro día tenía claro mi destino: las ruinas de Pompeya y más importante aún: el Vesubio . Desde que era chico había escuchado sobre ellas y tenía unas intensas ganas de por fin conocerla. Para llegar tuve que tomarme un tren que demoró una hora en arribar a la terminal de destino. Luego de eso, tocaba tomarse un bus hasta la cima del Vesubio.

Cuando llego allá, me dicen que no va a ser posible subir hasta el Monte Vesubio porque estaba nevando, algo que no pasaba desde hacía muchos años (ellos super felices, yo super decepcionado).

Agarré mi frustración e hice una cosa que me relaja cuando estoy alterado, sentarme en una cafetería y tomarme un café. Solo que esta vez pedí un capuchino en lugar de un expreso.

Y ahí me sirvieron esta delicia:

Capucino en pompeya

Quedé maravillado tanto con él, que hoy día cuando voy a una cafetería, casi siempre pido un capuchino.

Y vos, ¿tenés alguna historia con el capuchino o con algún otra bebida cargada de cafeína? Te leo en los comentarios

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